[Listavoz] DE COMPRAS EN LA HABANA ANTES DE LOS CASTRO.(Enviado por Marro)
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Mon Jul 19 16:49:47 EDT 2010
DE COMPRAS EN LA HABANA ANTES DE LOS CASTRO. (Enviado por MARRO)
En La Habana de mi infancia, no era lo mismo comprar en la calle
Galiano que hacerlo en la Calzada de Monte. En las tiendas de Galiano compraban
los de mayores posibilidades económicas, reales o supuestas, y las de Monte
quedaban para los de menos recursos. En las primeras, la categoría de la zona
estaba incluida en el precio del producto y hasta los dependientes de esos
establecimientos comerciales eran distintos, con sus camisas de manga larga y la
ineludible corbata, mientras que en Monte era común verlos hacer su trabajo en
camisa de manga corta, aunque en una y otra calle las vendedoras vestían
invariablemente de blanco, en verano, y de negro en invierno.
Hablo de dos zonas comerciales bien caracterizadas y no las únicas que tuvo La
Habana de ayer y que en buena medida siguen siendo las de hoy.
En la de Galiano, tiendas como El Encanto, La Época, La Ópera, Fin de Siglo, La
Casa Quintana, Flogar… En Monte, Los Precios Fijos, La Isla, La Nueva Isla… en
las que mi familia tenía sendas libretas de crédito que le permitían comprar y
pagar después. Monte, por decirlo de alguna manera, era más popular; conservaba
en 1958 el «sabroso criollismo» que le vio Jorge Mañach en 1926. Acentuaban ese
rasgo los muchos kioscos que se emplazaban en las anchas aceras de frente a la
Plaza de la Fraternidad, en los que podía adquirirse desde un pollito teñido de
violeta, que por más que se le cuidara moría irremisiblemente a los dos días de
adquirido, hasta un cohete para viajar a la Luna… de juguete, por supuesto, o
ese artículo que se pasó por alto en el momento oportuno y que acababa
comprándose, de prisa y sin miramientos, en cualquier parte. Tiendas, salvo
excepciones, relativamente pequeñas, las de Monte, generalmente sin aire
acondicionado, pero con unos ventiladores de pie, enormes, siempre de color
oscuro, que se obstinaban en espantar el calor y hacer más
agradable el ambiente.
Fiebre del sábado por la noche El sábado era día de tiendas. Aprovechaba el día
la mujer trabajadora y también el ama de casa. No acudían a un solo
establecimiento, sino que recorrían todo un rosario de ellos a fin de sopesar la
oferta, comparar los precios y decidirse por lo que estimaban mejor. El sábado,
de tanto público en las tiendas de Monte no cabía un alfiler; tampoco en las de
Galiano. Las mujeres, sin formar cola ni preguntar quién era el último, se
pegaban al mostrador y la empleada las atendía, sin que hubiera protesta, por un
orden que establecía ella misma.
No todas compraban. Estaba la que lo revolvía todo y se iba con las manos vacías
y corría a la tienda de al lado con la esperanza de un mejor precio. Y la que se
probaba la ropa más cara para decidirse al final por una blusita de apéame una.
Era una clientela marcadamente femenina la de las tiendas; el sábado o cualquier
otro día de la semana. La madre, no sin esfuerzo, conseguía arrastrar al hijo,
que no cesaba de refunfuñar hasta que le compraban lo que quería o, según las
posibilidades, lo que se le pareciera. Raramente a la excursión se sumaba el
esposo. Pero este, ya dentro del establecimiento, permanecía distante, ajeno a
las vidrieras y a los mostradores, más interesado en atisbar, con mayor o menor
discreción, a la esposa ajena que en seguir
las peripecias de la propia.
Las tiendas abrían a las ocho de la mañana y cerraban a las 12 para el almuerzo.
Como no había comedores obreros, cada empleado comía donde podía o se iba a su
casa a hacerlo. Reabrían a las dos de la tarde y cerraban a las seis. La noche
anterior al Día de Reyes tiendas y quincallas permanecían abiertas TODA LA NOCHE
para no perderse al cliente de última hora. Era un día fuerte en la recaudación,
como lo eran además el Día
de los Padres y el de las Madres; el Día del Médico y el de los
Enamorados; celebraciones, algunas de ellas, como la de los Padres, instituídas
en La Habana por los mismos comerciantes, que sabían también rebajar los precios
de sus mercaderías cuando las circunstancias lo aconsejaban.
A esas rebajas se les llamaba realizaciones y se acometían a plazos fijos en
algunos establecimientos. Julio, por ejemplo, era el mes de realización en El
Encanto, y La Época la hacía en agosto. Por eso se hablaba de «Don Julio» en El
Encanto, y se insistía en que el cliente podía hacer «su agosto» en La Época,
mientras que J. Vallés, en la calle San Rafael, se ufanaba de ser «la que más
barato vende» y Galiano y San Miguel, gracias a La Ópera, se identificaba como
«la esquina del ahorro»… simples slogans de campañas que, si bien beneficiaban
al cliente, permitían al tendero deshacerse de mucho de lo que parecía no tener
salida, vender un traje de baño en pleno invierno o una pieza de lana en lo más
crudo del verano. No faltaban los artículos que se expendían a 99 centavos o en
cantidades no redondas. Un centavo era entonces un centavo y el comprador
esperaba su vuelto junto al mostrador con una feliz sensación de ahorro, sin
contar que precios como esos ayudaban a una eficaz circulación de la moneda
nacional.
Aunque las tiendas, a medida que avanzó el siglo XX, fueron haciéndose por
departamentos, de manera de procurar que el cliente encontrara en ellas casi
todo lo que buscaba, las había también especializadas. Si se trataba de loza y
cristalería, lo mejor era El Palacio de Cristal, en Neptuno y Campanario;
lámparas, las de Quesada, en Infanta y San Lázaro. Para muebles, Orbay y
Cerrato, en Infanta y San Martín. La Casa Quintana era ideal para artículos de
regalo. Cuervo y Sobrino, en San Rafael y Águila, eran «los joyeros de
confianza». Un hombre despertaba admiración si se vestía en Oscar, la sastrería
de la calle San Rafael. En esa misma calle, la joyería de Gastón Bared fue en su
tipo uno de los mejores establecimientos de la ciudad. Representaba los relojes
Omega, Cartier y Breitting, en tanto que la joyería Riviera, de Galiano, tenía
la representación de los relojes Rolex y Patek Phillippe; llevó más de 80 años
representando las mismas marcas.
La Casa Sánchez, en Reina frente a Galiano, distribuía en exclusiva los
colchones Windsor. La Nueva Isla, en Monte y Suárez, remitía gratis a quien se
lo solicitara el catálogo de novedades que preparaba dos veces al año.
Un abundante grupo consumidor femenino buscaba precios aun mas al alcance de sus
bolsillos. En La Habana Vieja habia varias tiendas que vendian telas “por
retazos” y habia otra popular tienda conocida como “La Casa de Los Tres Quilos”.
Estas tiendas, por lo regular eran propiedad de libaneses, iraníes, hungaros,
armenios, pero a todos el pueblo los conocia como “polacos” o “moros”, que era
lo mismo que sucedia con los españoles. Estos podrian ser asturianos, andaluces,
madrileños o de cualquier otra parte de la Madre Patria, para los cubanos todos
eran “gallegos”.
Los comerciantes de una calle se agrupaban en uniones, y esas uniones se
agrupaban a su vez en el Conjunto de Calles y Asociaciones Comerciales.
Existían la Unión de Comerciantes de Galiano y San Rafael, la de los de
Belascoaín, la de los de Reina y Carlos III, la de los de Diez de Octubre y sus
anexos… Estaba la que agrupaba a los de las calles Mercaderes, Inquisidor y San
Ignacio, y la de los de la Manzana de Gómez.
Contaban esas uniones con un presidente, un secretario y un asesor legal.
Ninguna tenía oficinas, sino que radicaban en el comercio del que le tocaba
presidirla. De sus reuniones salían las campañas publicitarias, se coordinaba el
adorno de la calle en fechas determinadas y en buena medida se fijaban los
precios.
El pulso de la ciudad Decía Mañach en 1926 que Obispo era una calle conservadora
y recalcitrante que defendía su viejo prestigio con celo conmovedor, y que San
Rafael era arribista y nueva rica, en tanto que Galiano y Belascoaín no
acertaban a definirse. Pero en la misma fecha llamó «encantadora» a la esquina
de Galiano y San Rafael, y la calificó de «lujosa, perfumada y trémula». Precisó
el ensayista: «Vía crucis de los instintos… por donde, a la hora “del cierre”,
en que la villa se esponja empapada de crepúsculo, discurre quebradamente el
mujerío inefable de San Cristóbal».
Se dice que por las numerosas mujeres que se daban cita en la zona para hacer
sus compras y ver las vidrieras y también para que las vieran, grupo que se
reforzaba con la entrada y salida de las empleadas de las tiendas, es que ese
sitio recibió el nombre de
esquina del pecado. Sin embargo, Eduardo Robreño y Renée Méndez Capote
aseguraban que con tal nombre bautizó antes el periodista Lozano Casado a la
esquina de Galiano y Neptuno. Eso poco importa hoy. Lo que resulta
verdaderamente significativo es que Galiano y San Rafael se convirtió en el
punto comercial por excelencia de la capital.
Hasta 1915, Obispo y O’Reilly fueron en La Habana la meca del comercio y la
moda, como lo eran de las secretarías de despacho (ministerios) la banca y los
bufetes de prestigio. En Obispo hallaban asiento la mejor heladería, la dulcería
más solicitada, la farmacia más confiable, las librerías más actualizadas.
Joyerías de nombre como La Casa de Hierro y el Palais Royal, tiendas como La
Villa de París y La Francia, y una sastrería reputada como la del padre de Julio
Antonio Mella, se localizaban asimismo en esa calle. Una modista de gran fama,
madame Laurent, tenía su taller en O’Reilly. La corsetera madame Monin y
sombrereras como madame Souillard y las hermanas Tapié, estaban por
excepción en la calle Muralla, como madame Marie Copin, en Compostela.
Cuando la gran bailarina rusa Ana Pávlova estuvo en La Habana renovó todo su
ajuar con esa célebre modista francesa.
No aceptaban las cubanas de la época, pobres o ricas, las confecciones
norteamericanas. La seda venía de Francia, el holán y el nansú, la muselina, el
organdí y los casimires, de Francia e Inglaterra. Los encajes llegaban desde
Bélgica y de España venía la ropa de cama, de hilo puro. Los buenos zapatos se
hacían en Cuba, con pieles importadas, por zapateros cubanos. Todo esto cambia a
partir de 1915, cuando la esquina de Galiano y San Rafael empieza a ser lo que
fue más tarde. Cinco años después, esa esquina era ya el sitio donde se medía el
pulso de la ciudad.
En 1877 La Ópera abrió sus puertas en Galiano y San Miguel. Veinte años después
lo hizo Fin de Siglo en un pequeño local que creció al ritmo de la gran Habana.
En 1927 se inauguraba La Época con solo seis empleados; serían 400 en 1957.
La primera tienda de que tenemos noticias que funcionó en el área se llamó El
Boulevard y ocupó justo el sitio de la hoy ferretería
conocida como Trasval. Este escribidor desconoce cuándo se inauguró, pero sí
sabe que sus propietarios la vendieron en 1887. Aprovechando el espacio, los
nuevos dueños abrieron allí La Casa Grande, que prestó servicio hasta 1937,
cuando vendieron a su vez el local, donde se instaló la tienda Woolworth, mas
conocida como “el Ten Cents”, comercio minorista de artículos varios, casi
todos importados, que desde 1924 tenía su sede en San Rafael y
Amistad. Donde hoy se encuentra Flogar estuvo durante años el café La Isla,
famoso por sus exquisitos helados. El Encanto se inició en 1888 en Guanabacoa.
Pasó después a Compostela y Sol hasta que halló sitio en Galiano y San Rafael y
creció desmesuradamente. Cuando el fuego lo destruyó en 1961 era la tienda por
departamentos más importante del país.
Ir a La Habana.
Se puede vivir en Santos Suárez, Lawton, Arroyo Apolo, el Cerro o
cualquier otro barrio de la ciudad, pero el habanero solo reconoce
como La Habana el área de Centro Habana y La Habana Vieja. En los días de mi
infancia, ir de tiendas era ir a La Habana.
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