[Listavoz] Prófugos de las cadenas. Por el Rev. Martín N. Añorga

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Thu Aug 27 11:35:31 EDT 2009


Prófugos de las cadenas. Por el Rev. Martín N. Añorga
(Tomado de Diario de Las Americas)

Ya ni nos llama la atención. Es cosa común que visitantes y deportistas procedentes de Cuba opten por no regresar a la Isla ensombrecida, escapando de una indignante falta de libertad y derechos. Tres estrellas del baloncesto se escabullen en Islas Canarias y no aparecen a la hora de abordar el avión de regreso, un campeón ciclista decide quedarse en Francia, tres boxeadores saltan de país en país para arribar a los Estados Unidos evadiendo la férrea vigilancia castrista y ya pasan de la docena los jugadores de pelota que se escapan del control de sus carceleros, en espera de que regrese a la tierra de los tormentos, sin ellos, la nave en que debieron haber viajado. 
Todos hemos leído en la prensa que deportistas estelares procedentes de diversos lugares del mundo desempeñan en los Estados Unidos sus actividades con plena libertad y muy buena remuneración, y regresan después, cada vez que quieran hacerlo, a sus países respetivos. La mayoría de ellos, y múltiples historias podrían narrarse, usan parte de su fortuna para ayudar a niños desvalidos, construir campos deportivos, auspiciar hospitales e integrarse a obras de beneficencia, a la vez que son un ejemplo para la niñez y la juventud que ven en ellos un reto para sus propias vidas. Cuba no disfruta de este privilegio. Allí los atletas son propiedad del estado, obligados agentes políticos cuando viajan al exterior y promesas decapitadas por la presión absurda del régimen. No es de extrañarnos, pues, que en cuanto vean una hendidura en el estrecho círculo en el que los encierran, busquen a todo riesgo la oportunidad de una escapatoria.. 
Y no tan solo atletas y artistas desertan en cualquier punto del globo, sino también centenares de visitantes que de Cuba nos llegan para pasar “un tiempo entre familiares”. Ya traen la lección aprendida: “me espero un año y un día, me presento a inmigración, me dan la residencia y la ayuda del gobierno”, dicen como si se tratara de la visa de un pasaporte. 
Hace pocos días fui testigo en el Aeropuerto de escenas que me traspasaron el alma, cuando pasé por la sala donde reciben a las personas recién llegadas de Cuba. Recuerdo a una viejecita que habían acomodado en una silla de ruedas, a la que le hablaban al mismo tiempo diez o doce personas, y que no sabía si reírse o llorar. Yo soy curioso por naturaleza y supe que esta anciana, de 92 años, nunca había salido de Cuba y que tenía en Miami tres hijos, ocho nietos y diez bisnietos, los que se disputaban el privilegio de ser, cada uno, el que mejor expresara el amor y la alegría propia de la ocasión. De alguna manera yo también entré en la simpática competencia, y me acerqué a la tan agasajada dama para decirle: “¡Bienvenida! ¡Le deseo bendiciones de Dios y la felicito por tener tanta gente que la ama!”. La palabra “gracias” que me dijo se diluyó entre el bullicio, pero yo la rescaté con íntima ternura.. 
Confieso que yo no soy defensor, ni aún un simpatizante, de los viajes a Cuba y desde Cuba. Mis razones son de arraigo patriótico e ideológico; pero la pasada semana, cuando vi a una viejecita a la que los ojos llenos de sorpresa se le querían salir de la cara, cubierta de besos y caricias, rodeada de seres amados que lloraban y reían al mismo tiempo, sentí que por encima de cualquier otra consideración, en nombre del amor, estaba disfrutando de una fortificante experiencia, “Ya que no hemos podido derrocar la infame tiranía, -me dije- al menos debemos abrirles los brazos a los que se zafan de sus amarras terribles”. 
De manera providencial -y no digo casual porque creo que todo lo que me sucede es parte del plan de Dios-, tuve la ocasión de reunirme el pasado fin de semana con personas recién venidas de Cuba. Todavía resonaba en mis oídos la palabra “gracias” que me dijo la ancianita del aeropuerto desde su silla de ruedas, en cuya frente deposité un respetuoso beso. Probablemente nunca vuelva a saber de ella porque no tuve ocasión de anotar ni su nombre ni su lugar de residencia; pero el haberla visto me preparó de alguna manera para ver de forma cordial y comprensible a los compatriotas recién llegados de la noche, y que empezaban a respirar sorbos de libertad en los ámbitos del exilio. 
La primera pregunta que me asalta es cómo es posible que los jerarcas de la revolución no reconozcan que la misma ha fracasado. Cincuenta años después de total control de todos los recursos y de dominio absoluto de todas las personas, hora sería ya de que Cuba fuera un país económicamente estabilizado de tal manera que ni éxodo ni persecución tuvieran lugar; pero todos me dicen lo mismo, los que van de visita y los que vienen con la esperanza de la libertad. “¡Cuba es un desastre, una miseria rampante, una galopante desesperación!”. 
A veces pienso que las personas que viajan a la Isla agobiada, tienen algo de masoquismo. A nadie he visto regresar con historias de aliento. Lo que cuentan pudiera ser un epílogo para “El Infierno” de Dante. Sé que van con bolsa llena y regresan con manos vacías; pero sé también que van con el corazón lleno de esperanzas y vuelven con heridas en el alma. No olvido a la señora que fue a Cuba a visitar a los ancianos que de su familia le quedan, y que me decía herida y nerviosa: “¡El hambre, la miseria, la suciedad y el miedo son los colores de dolor con los que me han pintado a Cuba!”. 
He hablado con los que han logrado dar el salto definitivo. Todos coinciden en decirme que la espera del viaje redentor fue larga, y marcada por el chantaje. Probablemente no les entendamos a plenitud. Nos separan años de diferencia y tramos infinitos de libertad. Hoy día la gran mayoría de los que besan las arenas del destierro nacieron bajo el signo de la revolución, y vienen con la marca del dolor grabada en sus frentes, y en sus mentes, las brumas de la confusión. Muchos han dejado atrás a familiares muy queridos a los que esperan reclamar cuando se les conceda la oportunidad legal de hacerlo. Otros vienen con el sano propósito de convertirse en proveedores de los menesterosos quedados atrás. Y los demás se convierten en errantes por los caminos del mundo. 
He oído historias espeluznantes sobre el cuidado de la salud en Cuba, un país cuyos gobernantes anuncian progresos y ofrecen servicios suntuosos a extranjeros con dinero, o con influencia polí1tica. “Para ingresar a mi madre tuve que llevar sábanas y toallas”, me confesaba con sollozos una dama que venía a reunirse finalmente con los suyos. “Los médicos no la atendían, sino estudiantes y alguna que otra enfermera. Enfermarse en Cuba es codearse con la muerte”, añadía con desencanto en su voz. 
Otra cosa de la que he hablado con personas recién llegadas de Cuba es sobre el tema de la violencia. En la Isla atrapada por Castro no se publican noticias policíacas ni se mencionan asaltos, robos o crímenes. “Quieren dar la impresión de que el país es un paraíso, cuando lo cierto es que lo han convertido en una sucursal del infierno”, nos decía un señor que vino con visa temporal y me afirmaba que “de aquí no me bota nadie. Me quedo. Ya sé que debo esperar un año para que me legalicen, pero si en Cuba he pasado cuarenta y ocho años siendo un paria, aquí un año en libertad se me va a ir volando”. 
Entiendo que en el exilio, a estas alturas, estemos emocionalmente heridos. Casi todos los que salimos en los primeros años, hayamos luchado o no por un regreso con dignidad, nos hemos quedado. No puedo negar que aquí hemos sido felices y prósperos, y sobre todo, libres; pero tampoco puedo ignorar que la carga de vivir sin patria nos ha doblado los hombros. Y sobre toda tristeza, acumulamos el asombro doloroso de que Cuba siga siendo un país sin futuro ni horizontes. 
El argumento de que el ideal de los cubanos en la Isla es el de abandonar el país, y que eso les anula el espíritu de rebeldía y los programa para el silencio y la apatía, no es totalmente válido. En la Isla hay centenares de presos que sufren en infames ergástulas el alto precio que hay que pagar por la protesta y la denuncia en un país donde el pueblo es afónico y la única voz que se escucha es la del que manda. 
Yo creo, y mi creencia se basa en testimonios que he escuchado de “los que vienen de Cuba”, que la Isla es una enorme caldera de presión cuyas válvulas están al explotar. Ya veremos que en la tierra que nos vio nacer florecerán héroes y heroínas que pulverizarán a los tiranos criminales, y abrirán las puertas del cielo para un amanecer de libertad, paz y concordia. 
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